Busco los calcetines, pego la nariz a la ventana y me siento a esperar tiempos mejores. Este otoño viene cargado de rojo, de tórrida impaciencia, de venas infladas por furia, de sangre en las órbitas de los ojos.
Y en un bosque, con crujientes pisadas a cada paso, con tiernos colores escarlata en sus hojas, colocadas en puzzle perfecto sobre el suelo, en alfombras de terciopelo o mecidas en el agua.
Y otras, subidas en los árboles, escalando los peldaños del cielo, y ellas, las viejas, más ocres, pálidas en su lamento, por verse abandonadas cayendo en remolinos de viento cuyo movimiento pareciera reírse oscilando al compás.
Hacia un lado y hacia el otro, cambiantes en color, vacilantes en sus vaivenes, se dejan caer, y se dejan impulsar por el grito que el viento deja en el hueco de la memoria. Son como los alti-bajos de la emoción.
Y otras, subidas en los árboles, escalando los peldaños del cielo, y ellas, las viejas, más ocres, pálidas en su lamento, por verse abandonadas cayendo en remolinos de viento cuyo movimiento pareciera reírse oscilando al compás.
Hacia un lado y hacia el otro, cambiantes en color, vacilantes en sus vaivenes, se dejan caer, y se dejan impulsar por el grito que el viento deja en el hueco de la memoria. Son como los alti-bajos de la emoción.


















